El Estado mexicano sufre una fractura grave que nos dirige a la forzosa reflexión acerca de su planteamiento verdadero, funcional y real.
Por un lado, a pesar de que en sus tres subdivisiones operen con relativa normalidad, hay un elemento disruptivo que rompe la sinergia que debería caracterizar su funcionalidad: hablamos del crimen organizado. La oposición criminal al estado legítimo y constitucional extiende la otra red económica -e ilícita- sobre todo afectando a los estados del norte mexicano: Durango, Sinaloa, Chihuahua, Guerrero, Jalisco, y, por supuesto, Michoacán.
Es inevitable hablar de las circunstancias que llevaron al alcalde de Uruapan, Carlos Manzo, a su muerte. Con una voluntad férrea y confrontativa, decidió que la solución era el fuego contra fuego, es decir, posicionarse abiertamente en contra de la 'maña', del narcoestado en Michoacán. Esta posición, filosóficamente hablando, refuerza la noción del 'hombre contra el hombre' derivada del Contrato Social expuesta por el filósofo inglés Thomas Hobbes. La idea es simple: el ser humano es, en su naturaleza menos refinada y más inmediata, una bestia sujeta a sus más bajas pasiones. Por lo mismo, es necesario que exista un elemento regulativo de las mismas para que no nos matemos entre todos. ¿Quién podría brindar el elemento regulativo? No es más que el Estado. Pero el Estado, como podemos darnos cuenta si revisamos las constituciones de otros países, se presenta en diferentes organizaciones y formas. Desde el punto de vista hobbesiano, necesitamos llegar a la paz mediante someter esos bajos deseos inmediatos de los que hemos hablado, porque en el fondo todos somos salvajes y en ese estado la organización social no es posible. Hobbes plantea un pacto de paz regulativo entre los seres humanos. También plantea que, dado que nuestra pulsión animal primigenia es en sí incontrolable, necesitamos elaborar una figura cuasi mesiánica representada por el Estado mismo que, mediante infundir terror a la población, la mantendrá tranquila y en una paz forzosa. A pesar de la crueldad que se ve implicada de por medio, Hobbes plantea que la otra opción es o bien someternos a la bajeza de nuestras pasiones o a la trágica y desigual situación de hombre contra naturaleza.
Hoy día en el Estado mexicano, pareciera que el miedo antes que una función regulativa es un incentivo a volverse cada vez más bestia. Ya no importa la moral. Ya no importan las estructuras. El posicionamiento de Manzo que fue en el fondo su condena fue la irremediable decisión de volver al estado de naturaleza para combatir a la otra bestia, la organizada, donde todas las almas que componen su estructura no han habitado más que en un entorno que obligadamente los convierte en monstruos.
Por lo anterior, el fallo del sistema político mexicano se cifra en que, desde el punto de vista hobbesiano, los mecanismos regulativos de la moral son disfuncionales. Hemos vuelto a un estado de naturaleza en el que todos estamos contra todos, aún entre izquierdas, aún entre derechas (aunque eso es normal para ellos), aún entre centros (aunque no existan).
La trágica conclusión parece ser que, si miramos dentro de nosotros, no encontramos más que caos y deseos de autoafirmación, lo cual nos aleja de una sociedad en verdad funcional, y en verdad próspera, y que hemos abandonado la idea de que la regulación pasional es relevante para la construcción de una sociedad funcional. No queda más que violencia. No queda más que el fuego contra el fuego.
PD: no afirmo que la mejor forma de gobierno se cifre a partir de infundir terror a la población para que se le controle -ese es otro debate-. Pero las circunstancias del hecho que analizo me permiten añadir con pertinencia las posiciones de Hobbes. Que más quisiera poder afirmar que Rousseau tenía razón más que Hobbes. Pero México no me permite ser Rousseano.
por Octavio Cervantes
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