El mundial de fútbol que se celebrará en la triada: México, Estados Unidos y Canadá está próximo. Esto no ha generado más que, por un lado, júbilo entre los aficionados más acérrimos al balón-pie, pero también una especulación cuyo principio se vislumbra, pero no su final con respecto a los precios de los boletos a la venta. Más de cinco millones de usuarios registrados en el portal de la FIFA que contienden como aspirantes a los tan solo 87 mil asientos disponibles en el Estadio Banorte (antes estadio Azteca) nos revela que la gente esta enloquecida y hasta hechizada por semejante evento.
No sólo nos habla de una suerte de mitificación de lo que el folklore cultural denomina: "pan y circo", sino de cuán grande, extendido y profunda se encuentra insertada en nuestro país dicha cultura (¿o podríamos denominarla contra-cultura?). Originada como un rito funerario, las peleas entre gladiadores surgidas en el siglo II a.C., y después asumido como parte de la cultura popular y del espectáculo a partir del gobierno de Antíoco IV (tras insertar el rito combativo como parte de los festejos tras victorias militares), en el año 174 d.C., las batallas de gladiadores rápidamente ascendieron más allá de su primera naturaleza. Pero esto no se trata de un pueblo que atestigua un espectáculo entre hombres peleando en un coliseo... ¿o sí?
El espectáculo es mágico porque se trata de una apreciación tan fugaz como deslumbrante, que precisamente busca engancharse a nuestra atención a partir de alimentar una parte instintiva de nosotros. Tanto nos gusta ver hombres peleando a muerte como nos gusta el enfrentamiento futbolístico. La derrota del rival en el balón-pie podrá no acarrear la muerte verdadera del equipo contrario, pero en cierto sentido sí la espiritual. En el marco de la pasión futbolística, aquello que posee el fútbol mexicano cara a la copa del mundo se puede resumir en los siguientes puntos: 1) sigue perpetuando la narrativa milenaria del "pan y circo" que mantiene sedadas las consciencias de quienes consumen fútbol como eje central de sus culturas, 2) brinda una idea artificial de unidad nacional en la que, inventados los enemigos cuyos estandartes son las banderas de otros países, inculca la creencia generalizada (otra vez) en la promesa de que todo puede ser mejor, "que este año es el bueno", "que si vamos a ganar el mundial".
Lo anterior conduce a que el evento traiga consigo una buena y notable cantidad de aura, pero después de años de adoración a la pantalla por medio del fútbol puedo decir que se siente artificial, desgastada y enajenante.
El fenómeno del fútbol, especialmente en vísperas de la copa del mundo, reafirma la narrativa de un pueblo cuyos intereses no están orientados (al menos, en términos del grueso de la población) a una buena cultura. Los motivos son claros: trabajos extenuantes que no permiten ejercitar la facultad de la razón crítica, salarios que perpetúan ciclos dependientes de esos mismos trabajos, una voluntad general de apuntar a lo que distrae antes que a lo que cultiva. Con dos mil pesos mexicanos esperaría comprar miles de cosas, probablemente libros, comida, invertir en salud personal (física y mental), mas no comprar el mismo bolillo con sabor a Soma que la historia nos ha vendido por siglos.
por Octavio Cervantes
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